Educación y dificultades del aprendizaje

Aprendizaje cooperativo: qué es, elementos clave y cómo aplicarlo en el aula

El aprendizaje cooperativo organiza el trabajo en pequeños grupos para que todos aprendan y respondan del resultado común. Explicamos en qué se diferencia del trabajo en grupo, sus cinco elementos, qué dice la evidencia y cómo aplicarlo en clase.

Aprendizaje cooperativo: qué es, elementos clave y cómo aplicarlo en el aula

Casi todos los docentes han propuesto alguna vez un «trabajo en grupo» que no salió como esperaban: un alumno hizo casi todo, dos se limitaron a copiar y el resto se dedicó a hablar de otra cosa. De esa experiencia suele nacer una conclusión apresurada, la de que trabajar en equipo en clase no funciona. La investigación educativa apunta a otra explicación: lo que falló no fue la idea de aprender con otros, sino la forma de organizarla.

El aprendizaje cooperativo es precisamente eso, una manera estructurada de organizar el trabajo en pequeños grupos para que todos los miembros aprendan y se responsabilicen del resultado común. En este artículo explicamos qué es, en qué se diferencia del simple trabajo en grupo, qué elementos lo hacen eficaz, qué dice la evidencia y cómo empezar a aplicarlo en el aula.

Qué es el aprendizaje cooperativo

El aprendizaje cooperativo es una metodología en la que el alumnado trabaja en grupos reducidos y heterogéneos con un doble objetivo: que cada estudiante aprenda y que ayude a que sus compañeros también lo hagan. El éxito de cada miembro está ligado al del grupo, y el del grupo depende de la contribución de cada uno.

Su base teórica más sólida es la teoría de la interdependencia social, desarrollada y contrastada durante décadas por los hermanos David y Roger Johnson, de la Universidad de Minnesota. En un artículo de síntesis publicado en Educational Researcher en 2009, los Johnson recuerdan que se han realizado más de 1.200 estudios a lo largo de once décadas comparando situaciones de cooperación, competición y trabajo individual, y que de esa teoría se han derivado procedimientos concretos para el papel del docente.

La idea central es sencilla: la manera en que se estructuran los objetivos de una tarea condiciona cómo interactúan las personas. Si los objetivos son competitivos, el éxito de uno implica el fracaso de otros; si son individualistas, cada uno va a lo suyo; si son cooperativos, las personas perciben que solo alcanzan su meta si los demás también la alcanzan.

Aprendizaje cooperativo y trabajo en grupo no son lo mismo

Sentar a cuatro alumnos en la misma mesa no garantiza que cooperen. La Education Endowment Foundation (EEF), un organismo británico que sintetiza la evidencia educativa para los centros escolares, lo subraya en su revisión sobre el tema: el aprendizaje cooperativo eficaz exige mucho más que agrupar al alumnado, y son los enfoques estructurados, con tareas bien diseñadas, los que producen mayores avances.

La diferencia se aprecia en algunos rasgos concretos:

  • En el trabajo en grupo tradicional, la tarea suele poder resolverla una sola persona, la nota es común sin distinguir aportaciones y nadie enseña al grupo a organizarse.
  • En el aprendizaje cooperativo, la tarea está diseñada para que todos sean necesarios, cada estudiante rinde cuentas de lo que ha aprendido y las habilidades para trabajar juntos se enseñan y se revisan de forma explícita.

Esta distinción explica por qué muchas experiencias de grupo terminan con el problema que la psicología social ha estudiado como «pereza social»: cuando la aportación individual se diluye en el conjunto, algunas personas tienden a esforzarse menos.

Los cinco elementos clave del aprendizaje cooperativo

El modelo de los Johnson describe cinco elementos que deben estar presentes para que un grupo funcione de forma cooperativa.

1. Interdependencia positiva

Cada miembro percibe que necesita a los demás para alcanzar el objetivo. Se puede generar con una meta común, con materiales repartidos (cada uno tiene una parte de la información), con roles complementarios o con un producto final que integre todas las aportaciones.

2. Responsabilidad individual

Nadie puede esconderse detrás del grupo. El docente comprueba lo que ha aprendido cada estudiante, por ejemplo con preguntas a cualquier miembro elegido al azar, pruebas individuales o una parte del trabajo firmada por cada uno.

3. Interacción cara a cara que promueve el aprendizaje

Los alumnos se explican conceptos, discuten soluciones, se corrigen y se animan mutuamente. Es en esa conversación donde se produce buena parte del aprendizaje, porque obliga a poner el propio razonamiento en palabras.

4. Habilidades sociales

Escuchar, turnarse, discrepar con respeto o llegar a acuerdos no se dan por supuestas: se enseñan y se practican igual que cualquier otro contenido. La EEF insiste en que el alumnado necesita apoyo y práctica para trabajar en equipo, porque la colaboración no surge de forma automática.

5. Evaluación del funcionamiento del grupo

Al terminar, el grupo reflexiona sobre qué ha funcionado, qué hay que mejorar y cómo ha contribuido cada uno. Este procesamiento grupal convierte cada experiencia en aprendizaje para la siguiente.

Cooperar en el aula no consiste en repartir el trabajo, sino en diseñar la tarea de modo que nadie pueda aprender solo lo que el grupo aprende junto.

Qué dice la evidencia

La investigación sobre aprendizaje cooperativo es abundante y sus resultados son, en conjunto, favorables, aunque con matices importantes.

En la síntesis de los Johnson, los metaanálisis recogidos muestran que la cooperación se asocia a mejores resultados que la competición y que el trabajo individualista no solo en rendimiento académico, sino también en variables como el apoyo social entre compañeros, la autoestima, el tiempo dedicado a la tarea o la calidad del razonamiento.

La revisión de la EEF, actualizada en 2021 a partir de 212 estudios, estima que el alumnado que trabaja con enfoques cooperativos progresa de media el equivalente a unos cinco meses adicionales a lo largo de un curso escolar, con un coste de aplicación muy bajo. El organismo añade varios matices que conviene tener presentes:

  • Los grupos de tres a cinco estudiantes con un objetivo común son la estructura más prometedora; el trabajo por parejas y los grupos más numerosos muestran efectos menores.
  • El impacto varía según la materia: es mayor en ciencias y matemáticas que en lectura y escritura.
  • La competición entre grupos puede ayudar a cooperar, pero un exceso de competitividad desplaza la atención hacia ganar en lugar de aprender.
  • Las propuestas que se desarrollan solo a través de tecnología digital tienden a obtener resultados más modestos.

La EEF califica además como baja la solidez de esta evidencia, porque muchos estudios son antiguos, no fueron evaluados de forma independiente y sus resultados varían mucho entre sí. Por eso recomienda evaluar cualquier propuesta nueva en el propio centro, en lugar de dar por hecho que funcionará.

Cómo aplicar el aprendizaje cooperativo en el aula

Los propios Johnson distinguen tres formatos complementarios: grupos formales, que trabajan juntos durante una o varias sesiones en una tarea completa; grupos informales, que se forman unos minutos dentro de una explicación para pensar o resumir; y grupos base, estables a lo largo del curso, que se apoyan de forma continuada. A partir de ahí, algunas pautas prácticas ayudan a empezar con buen pie.

  1. Empezar por estructuras breves. Antes de un proyecto largo, conviene practicar dinámicas de pocos minutos, como pensar una respuesta de forma individual, contrastarla con un compañero y compartirla después con el grupo.
  2. Formar grupos heterogéneos y pequeños. Tres o cuatro miembros con niveles, intereses y habilidades diversos favorecen que todos participen y que se expliquen unos a otros.
  3. Diseñar tareas que requieran a todos. La técnica del puzle o rompecabezas, descrita por Elliot Aronson y su equipo en 1978, reparte la información para que cada miembro sea «experto» en una parte que los demás necesitan.
  4. Asignar roles rotativos. Portavoz, secretario, responsable del material o encargado de que todos hablen son roles que ayudan a organizarse y a ejercitar habilidades distintas.
  5. Evaluar al individuo y al grupo. Combinar una calificación del producto común con pruebas o preguntas individuales evita que unos pocos carguen con el trabajo.
  6. Observar y acompañar. Mientras los grupos trabajan, el papel del docente es circular, escuchar, detectar bloqueos y ayudar especialmente a quienes participan menos.
  7. Reservar tiempo para la reflexión. Unos minutos al final para revisar cómo ha funcionado el grupo cierran el ciclo y mejoran las sesiones siguientes.

Aprendizaje cooperativo, diversidad e inclusión

Una de las razones por las que esta metodología interesa tanto a los centros es su potencial para atender a la diversidad. Bien estructurado, el trabajo cooperativo ofrece al alumnado con más dificultades la oportunidad de verbalizar su razonamiento, escuchar otras explicaciones y corregir errores con la ayuda de sus compañeros. Encaja así con enfoques como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) y con los principios de la inclusión escolar.

Ahora bien, la propia EEF advierte de un riesgo: si la actividad se limita a que los alumnos más aventajados resuelvan el problema sin la participación del resto, las diferencias de partida pueden aumentar en lugar de reducirse. La clave vuelve a estar en el diseño de la tarea y en la supervisión docente.

El aprendizaje cooperativo no es una fórmula mágica ni una moda pedagógica. Es una forma exigente de organizar la clase que, cuando se cuidan sus elementos esenciales, ayuda a que el alumnado aprenda más y aprenda a aprender con otros, una competencia que necesitará mucho más allá de la escuela.

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 Redacción iRG

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